Encuadre: Contra el estereotipo, lo chicano es latino
Mural de arte Chicano en le este de Los Angeles en California, Estados Unidos. - Foto: Cortesía.
No hace falta dar un paseo por el barrio Logan, en San Diego, para conocer el arte chicano: un movimiento global ya reconocido dentro y fuera de la corriente histórica del arte. Parecería que hoy, para algunos discursos dominantes, ser latino se reduce a una caricatura plana, asociada al consumo musical caribeño o a una estética de moda cuando es algo más profundo y rico.
Los historiadores afirman que las primeras obras de la plástica chicana fueron creadas en las comunidades campesinas del valle central de California durante los años sesenta. Estos trabajos estuvieron inspirados en el desarrollo político y cultural de la clase trabajadora mexicana en California, una comunidad marcada por la explotación laboral, la segregación y la lucha por los derechos civiles.
Por chicanos se conoce a los descendientes de aquellos mexicanos que optaron por permanecer en las tierras situadas al norte de la nueva frontera entre Estados Unidos y México, tras la demarcación de 1848 establecida por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, mediante el cual México cedió más de la mitad de su territorio al país vecino del norte.
Estos mexicanos tardaron más de cien años en manifestar por medio del arte temas de derechos humanos y movimientos civiles en el sur de Estados Unidos. El movimiento chicano, genuinamente latino, se centró en las formas de expresión vigentes en México en aquellos tiempos, y en una corriente que distingue a los mexicanos en cualquier parte del mundo: el muralismo.
Los primeros artistas chicanos se inspiraron además en la Escuela Mexicana de Pintura y en el pop art. Utilizaron como temas recurrentes la Virgen de Guadalupe, imágenes de la Independencia de México y referentes de la época de oro del cine mexicano y actualmente figuras icónicas de la televisión mexicana.
Aunque “chicano” surgió originalmente como un término despectivo, para los años noventa ya se había consolidado como un movimiento cultural en toda regla. Si bien los temas fueron transformándose con el tiempo, en el fondo se mantuvieron figuras simbólicas como Sor Juana Inés de la Cruz, Frida Kahlo o Dolores del Río.
En 1990, la ciudad de Los Ángeles inauguró la exposición itinerante Chicano Art: Resistance and Affirmation en la Wight Gallery de la Universidad de California, otorgando reconocimiento institucional al arte chicano como una lucha cultural, económica y política de largo aliento del pueblo mexicano dentro de los Estados Unidos.
El Chicano no solo puede verse en el lado estadounidense, en toda la frontera del lado mexicano hay este tipo de manifestaciones artísticas.
Tijuana en particular ha modificado un poco su imaginario muralístico: hoy aparecen deportistas de élite en las nuevas referencias urbanas. Sin embargo, la imagen de la Virgen de Guadalupe, el campesino, las águilas y los guerreros y motivos aztecas siguen presentes en los muros, en los tatuajes y en las revistas y redes sociales, dando cuenta de la compleja identidad y la vitalidad de un pueblo que nunca desapareció.
En la actualidad, grandes artistas alrededor del mundo toman prestados elementos del arte chicano. Los lowriders que existen en casi todas las grandes ciudades del planeta, desde Tokio hasta el Reino Unido, donde estos códigos visuales dialogan y se han mezclado con otros movimientos artísticos y teorías posmodernas para ganar visibilidad y nuevos significados.
Así, cada vez que un nuevo mural en Tijuana, San Diego o Nueva York plasme campesinos, maíz o plumas, habla de una memoria colectiva activa, más que de nostalgia o folclor reciclado. El arte chicano es insistencia está en las calles, muros y tatuado en la piel porque ahí nació. Es algo más profundo que una identidad latina simplificada y comercial, reducida a estereotipos fácilmente digeribles.
Lo latino, en su sentido amplio, abarca múltiples historias y geografías; el trap latino y el reggaetón, si bien son también manifestaciones artísticas latinas, no son todo ni lo más latino que hay, ni es lo que representa al latino en general mucho menos a México o la frontera de manera particular.
En cambio, haríamos bien en conocer y reconocer el fondo, porque el chicano es una herida abierta para quienes habitamos la frontera. El chicano es historia, conflicto y resistencia a un mismo tiempo; algo genuinamente latino no una moda pasajera ni un sonido de fondo o un millonario espectáculo.